7 FOTOS PINTORESCAS

 

 

 

 

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Pena que non morrera...

 

 

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Un "seficiente"

 

 

 

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Progresión de rurales

 

 

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Papá, pasa de todo...

 

 

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Niñita.... Déjame tocarte....

 

 

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Bar de no fumadores....

 

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Yo siempre te amaré.....

 

 

 

 

JODEUSE A WEB

Sin titulo

 Un charco de gasolina dibujaba el arcoiris más triste del mundo. Un tío le gritaba a su mujer por el movil. La otra gente de la parada de bus miraba al frente incómoda. El sonido de una moto hizo que girasen las cabezas. A una mujer se le cayó una bolsa de naranjas. El tío colgó enfadado y se mordió el dedo para no gritar. Una naranja rodó hasta el charco. El sol de la tarde y el arcoiris de gasolina. Todo era gris en la parada.

FIN DE AÑO

LOS HOMBRES DE HARRISON

 

 

 

O POTADOR

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O CHALECOS

 

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O PARALÍTICO

 

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Un hombre llamado caballo

 Mirad el cartel que he encontrado. Son los inicios de la corriente equina del arte.http://sieteletras.blogdiario.com/img/caballo_man

El taxista. Capítulo 2

Pocos minutos después el abogado, el periodista y yo viajábamos en el taxi hacia el lugar donde pasaríamos la noche. El taxista era un hombre reservado y, sin embargo, esto no le frenó a la hora de exponer unos ingeniosos chistes acerca del estado de ebriedad de mis amigos. Las bromas, expresadas con un gesto facial serio por parte del conductor, permitieron que intimásemos con él y que nos refiriera algunos detalles de su vida.



Nos dijo que había estudiado química y ejercido la profesión en unos laboratorios clandestinos ocultos en el Coto. Pero unos problemas con la ley le habían obligado a empezar una nueva vida. En cuanto dijo esto, gracias a mis grandes conocimientos en sustancias prohibidas, deduje con facilidad que el taxista había colaborado en la elaboración de tripis, práctica habitual en los laboratorios ilegales.


 


—Hace un tiempo de perros —comentó el conductor en uno de esos incómodos momentos de silencio.




No le faltaba razón. La lluvia caía cada vez con más fuerza contra los cristales del coche y la visibilidad disminuía a medida que avanzábamos. Por fortuna, el taxi, un Golf modelo antiguo de color rojo, constaba de unos potentes faros que iluminaban la totalidad de la carretera. Hice un comentario al taxista sobre este detalle y él me respondió:




—Adquirí este coche hace unos años. Necesitaba un coche eficaz, que fuera al mismo tiempo veloz y seguro para poder desplazarme en pocos minutos desde mi casa al Coto, donde se hallaba el laboratorio. De hecho fue así como gané soltura al volante y pude cambiar de oficio.




Observé un momento a mis compañeros. Distinguí en la oscuridad que no estaban en buenas condiciones mentales porque el abogado se habís bajado la bragueta y había empezado a machacársela mientras susurraba “manzanas, manzanas…”. La situación del periodista no era mejor. Acababa de sacar la cabeza por la ventanilla e iba sembrando un rastro de vómitos a lo largo de la carretera.




—Deberíamos parar —dijo el conductor




—No. Siga, por favor —no quería de ningún modo que el taxista abandonase el hilo de la conversación sobre los laboratorios.




Al final del trayecto, el taxista giró a la derecha e introdujo el coche en un aparcamiento oculto entre unos arbustos. Justo al salir, sentí que era el momento oportuno para reanudar la conversación pero los agresivos ladridos de unos perros nos asustaron.




—Calma —advirtió el taxista—. Sólo se trata de los perros de la pensión. Ahora los veremos.




En efecto. Dimos unos pasos y unos pastores alemanes se presentaron en nuestro campo visual. Un hombre de unos cincuenta o sesenta años, de pelo blanco, se entregaba a los placeres más bajos con uno de los chuchos.




—¿Qué hace ese hombre? —preguntó el periodista sorprendido.




—Oh, también es habitual encontrarlo por aquí. Se trata de un viejo demente al que todos llaman Perañas.




En ese momento, el tal Perañas lanzó unos gritos de pasión y a continuación se desembarazó del perro con un empujón.




Sin poder apartar la horrible imagen de Perañas pecando como un cerdo, decidí volver al tema de los laboratorios.




—Te noto muy interesado en ir al Coto —sentenció el taxista—. Esta noche me quedaré aquí con vosotros y mañana os llevaré allí de visita.




Sin terciar palabra, fueron entrando en el local mientras yo me quedaba atrás y observaba un viejo letrero que ponía “Bar el Cuco”. Me dio mala espina, aunque al final me digné a entrar, ignorante de lo que el destino nos iba a deparar.





Villasuso

Una pista necesaria. Capítulo 9.

 El director de cine y yo nos habíamos separado del grupo sobre las doce del mediodía, justo cuando salimos del local en el que el hombre con la cara sonrojada y aspecto de payaso nos había servido las cañas. Caminamos durante los diez minutos más sufridos de nuestra existencia debido al terrible cansancio acumulado. Arrastrábamos los pies y nuestros cuerpos vacilaban de un lado a otro en cada paso, en busca de un equilibrio que se hacía difícil mantener en nuestro estado infausto. Los escasos y sórdidos comentarios que cruzamos apenas guardaban coherencia entre sí y los emitíamos sin vocalizar lo más mínimo. Las cuerdas vocales se hallaban machacadas por una perniciosa combinación de tabaco y alcohol y las órdenes que recibían del cerebro llegaban sin fuerza para ser cumplidas. No es de extrañar, pues, que cuando nos acomodamos en el áspero bloque de cemento que cumple la función de asiento en la estación nos quedamos dormidos en pocos segundos.

Durante la siesta comenzaron a asomar en mi pensamiento imágenes surrealistas vinculadas con diversos acontecimientos acaecidos durante las últimas horas. Es algo común el hecho de soñar tras haber ingerido grandes dosis de alcohol, pero en este caso a la melopea que llevábamos encima debíamos sumarle un sinfín de aventuras en el período de la última vigilia. De este modo, soñé con un yonki que nos perseguía mientras nos amenazaba con una de sus jeringuillas. El yonki se acercaba cada vez más y más a nosotros y yo notaba cómo su tamaño iba aumentando hasta convertirse en un terrible gigante que nos devoraba sin piedad.

El sueño me resultó estremecedor y, de hecho, cuando desperté me sentí muy desorientado. Tardé unos segundos en recordar que estábamos en la estación. Miré a mi alrededor y escuché los ronquidos del director que se encontraba tirado en medio de la acera. “Mierda”, pensé, “¿qué hora es?”. Le eché una ojeada al reloj en un acto reflejo y descubrí, muy a nuestro pesar, que marcaba las cinco menos cuarto. Acababa de perder el trabajo pues no quedaba oportunidad alguna de viajar hasta Santiago. El último bus había salido a las cuatro y nosotros lo habíamos perdido por quedarnos dormidos.

Ni siquiera me esforcé por llamar al periódico y explicar lo que me había ocurrido. Sería una locura porque nadie nos creería. ¿A quién le cabía en la cabeza creerse que en una tempestuosa noche de esmorga un taxista había decidido llevarnos a un puticlub a descansar? ¿y que después el taxista resultó ser un malvado químico que fabricaba drogas en una caseta, en medio del monte? Si alguien llegase a creer esta historia, dudo mucho que se tragara que después lo acompañamos entre todos al laboratorio y que allí pudiésemos comprobar las deplorables condiciones en las que el químico esclavizaba a sus trabajadores colombianos, años atrás. A cualquier persona normal le resultaría cómico escucharnos decir que en el laboratorio nos habían robado el taxi y que, a cambio, nos habían dejado una caja con droga.

Si algún demente, algún perturbado mental, hubiese afirmado que nuestra historia es real, pienso que las dudas asaltarían su mente en el momento en que le contásemos que empezamos a bajar cuatro personas en una bicicleta por el Coto y en una curva, a causa de un reventón de frenos, nos dimos la gran hostia de nuestras vidas. O peor aún. Si llegásemos a describirle a alguien la apariencia del drogadicto que nos encontramos en el punto de recogida de basura. Todo, absolutamente todo, desataría la risa de nuestro oyente. Por eso, en este punto del discurso sería más razonable descartar la idea de explicarle a nuestro posible receptor que, al llegar a Ortigueira, nos encontramos el Golf del taxista y en el interior de su maletero el cuerpo inerte del drogadicto. Sin embargo, lo más desesperante es que todo era veraz. Nos había acontecido, eso sí, en un contexto de irrealidad provocado por el alcohol y el cansancio. Pero era la más pura expresión de autenticidad.

Me froté los ojos y estiré la espalda antes de despertar al director, que se había caído de la acera y dormía ahora en el carril derecho de la carretera. “Vamos. Espabila que hemos perdido el bus”. El director salió de su sueño tan desorientado como yo y entre ambos decidimos ir a mi casa para seguir descansando allí. Bajamos por la calle de Casiano donde nos encontramos a dos patrullas de policía, dirigidas por el agente Picos, entrevistando a la gente. La noticia del yonki muerto ya se había extendido por todo el pueblo. Entonces me acordé del grupo formado por el abogado, el taxista y el culturista. Tenía interés por saber si ya habían sacado algo en claro de su visita a la casa de El Francés, en Senra. O si por lo menos habían conseguido llegar hasta allí.

Con estas dudas llegamos a mi casa. Un felino con un desequilibrio mental evidente nos recibió al llegar al piso. El puto gato no dejó de tocarnos los cojones desde que llegamos, brincando aquí y allá, subiéndose a los muebles o arañando los sofás. Reflexioné un poco sobre ello y me di cuenta de que el pobre animal sólo era el resultado de la soledad a la que tuvo que acostumbrarse desde que empezó a vivir en casa.

El director decidió irse a descansar a uno de los sofás del salón, para lo cual tuvo que desembarazarse previamente de los juguetes varios y de la ropa que mi hermano tenía sembrados por toda la estancia. Cuando el director se hubo acomodado, me dirigí a mi habitación para tirarme en la cama. A los pocos minutos me percaté de que no iba a poder dormir a causa de los variados pensamientos sobre nuestras aventuras que circulaban por mi cerebro. La pesadilla que había tenido en la estación había tensado mis nervios. Recordé la figura del enigmático hombre: El Francés. La carta que nos había dejado ofrecía muchas dudas y no era capaz de atar ningún cabo coherente, ampliando de alguna manera la teoría del abogado que decía que todos nuestros actos habían sido planeados minuciosamente por este malvado ser.

Me esforcé, una vez más, por quedarme dormido pero fue otro intento en vano, así que me levanté y ojeé los libros de la estantería. Allí estaban colocados, entre las novelas de Pérez-Reverte, los dos tomos grisáceos del diario de mis veranos adolescentes. No sé por qué pero decidí coger uno de estos tomos y abrirlo en una página al azar. Desde luego, en aquel instante no podía imaginarme que aquella acción espontánea iba a marcar el inicio que aclararía alguna de nuestras dudas.

 

Viernes, 4 de agosto de 2000

La tarde de hoy fue cojonuda. Después de comer fui a llamar a Deman en bici para ir a la playa. Fuimos al garaje a coger su bici y después a llamar a Petar, pero dijo que vendría más tarde porque estaba viendo el Tour. Sobre las cuatro y media llegamos a la playa. Localizamos a Muten, a Owen y a Metrén tirados en las toallas y nos pusimos con ellos. Hablamos un rato y después llegó Petar. Más tarde, cuando teníamos pensado ir a bañarnos, se nos acercó un mulato con un balón en las manos y nos preguntó si jugábamos una pachanga con él y sus amigos. Petar le dijo: “Sí, vamos dentro de un poco”. “No hay fallo” le contestó el mulato. Aunque Muten, Owen y Metrén no quisieron jugar,  ganamos 7-5.

 

No pude evitar una sonrisa nostálgica cuando terminé este párrafo. Evoqué los intensos partidos playeros de aquellos veranos. Los regates técnicos del culturista, las agresivas entradas de Uribarri, mis motivados sprints por la banda, o los valientes paradones del abogado –que en aquellos años pesaba unos cuantos kilos menos-. Todos nos esforzábamos al máximo en aquellas pachangas. Hasta aquel chico al que llamábamos Muten y que perdimos de vista después de que empezara sus estudios de informática en Coruña intentaba rendir al cien por cien. Y eso que era uno de los hombres más vagos y cachazudos que conocí. Durante esta reflexión, también recordé que el tal Muten guardaba ciertos puntos en común, en cuanto a la personalidad, con el taxista que conocíamos desde el día anterior. Esa manera de vivir como un espectador ajeno a los hechos que presenciaba, sin tomar nunca la iniciativa para emprender alguna acción individual o colectiva. De hecho, por los recuerdos que guardo de Muten diría que sólo tomaba la iniciativa en las ocasiones que no le quedaba más remedio. Tal vez por ello fuese tan aficionado a los videojuegos, ya que éstos le ofrecían la posibilidad de convertirse en un espectador de lujo de todas las acciones de los personajes y, además, la toma de decisiones se reducía a hacer clic con un ratón –algo interesante desde el punto de vista de su vagancia-. ¡Qué demonios! ¿Acaso no vimos también unos cuántos videojuegos en el laboratorio del taxista? Las personalidades de Muten, nuestro amigo de la adolescencia, y del taxista se acercaban tanto que llegaron incluso a confundirme.

En aquellos partidos, el abogado jugaba como portero y luchaba para que ni un balón se colase entre los palos. Esa ambición que mostraba en las pachangas continuaría caracterizándolo a lo largo de su vida. El abogado siempre quería ser el mejor. Daba igual si se trataba de estudios, deportes o de beber alcohol. Con el paso del tiempo me doy cuenta de que tal vez sea por una dudosa concepción que tenía del honor. Siempre ha querido mantener su imagen bien alta y cuando algo o alguien lo impedía directa o indirectamente, la ira del abogado recaía sobre esa persona.

Casi olvidándome de nuestras aventuras presentes continué leyendo el diario:

 

Hacía un calor exagerado, así que después de la pachanga, sudados como estábamos, decidimos meternos en el agua. Vinieron también los vagos que estaban tirados en las toallas. A las ocho y media decidimos volver a Ortigueira. Cuando cogimos las bicicletas, el mulato se acercó otra vez y le pidió a Deman si podíamos llevarlo en bici hasta el pueblo. Deman le preguntó “¿Qué pasa ho?”. Y el mulato se acojonó tanto que dijo que daba igual que si eso ya pillaba un taxi, pero que había quedado con su mejor amigo para tomarse unas birras en un bar y no quería dejarlo plantado.

 

Contuve una carcajada. Deman –así solíamos apodar al culturista- siempre había tenido una forma particular de hablar durante nuestra adolescencia. Y esta frase de “¿qué pasa ho?”, ya nos había acarreado más de un problema. No había ninguna mala intención en las expresiones del culturista pero recuerdo que, si bien la vagancia caracterizaba al tal Muten y la ambición al abogado, no era menos cierto que el culturista tenía muchas dificultades a la hora de comunicarse con la gente. Era un tío inteligente y creativo, pero la gente se quedaba muy extrañada cuando intentaban explicarle algo muy simple y no lo entendía. Por suerte, con el paso de los años fue superando este problema de comunicación, de relacionarse con otras personas.

 

Al final Petar decidió llevar al mulato en el sillín de su bici  y decidió ir lo más rápido posible para impresionarlo. “Buah tío, pensé que nos dábamos una hostia. Qué velocidad neeeno”, fue el comentario posterior del mulato. Llegamos al pueblo y fuimos a tomar algo con el mulato porque éste nos había invitado –nos había invitado a ir con él, no a las consumiciones, por supuesto-. Allí conocimos a su amigo: un tío delgado y que no hablaba, pero en su caso no era por timidez sino porque no era capaz de hilar una frase con otra.

 

¡Mierda! En ese instante se me dilataron los ojos como consecuencia del impacto que me supuso leer aquello. ¿Un tío delgado y que no hablaba? ¡Mierda, mierda, mil veces! ¡El puto yonkie estaba en mi diario! Nunca habría recordado ese día rutinario de verano y aún menos lo hubiese relacionado con el yonkie de no haberlo encontrado en el diario. Su figura se presentaba con claridad en mis recuerdos. Aunque en aquella época seguro que no llevaba los tubos y de vez en cuando sonreía entre sorbo y sorbo de cerveza. Además, en el diario quedaba bien claro que aquel día de verano el mulato había dicho “mi mejor amigo”. Y se refería al yonkie. Teníamos que ir a hablar con el mulato como fuera.

Me incorporé de un salto y corrí hasta el salón. Desconozco por qué extraña razón el director estaba durmiendo sobre la alfombra. Entre los juguetes de mi hermano y sobre un charco de vómitos.

­-¡Despierta, joder! ¡Tenemos que hacer una visita a alguien!

-¡Coño! Habrá que avisar primero a los otros de que hemos perdido el bus. ¡Digo yo! -el director parecía indignado.

-No. Esto es más importante. Ya los avisaremos luego.

-No hay fallo.

Fui a la cocina a por unas galletas y nos marchamos.

 

VILLASUSO ‘06

¡¡¡Empieza el torneo!!!

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Redoblan tambores de guerra, las aficiones fervorizadas se agolparán en primera fila para ver con detalle las mejores jugadas, una trompeta bélica marcará el estallido inaugural de la batalla. Los contrincantes se dejarán la piel de los dedos en las teclas del ordenador y se batirán con crueldad, sin ningún tipo de piedad hacia el adversario, con una única pretensión: salvar su honor y ser el ganador del campeonato. Sin duda veremos grandes jugadas, goles magistrales, faltas detestables, agarrones, agresivos empujones en los tiros de esquina...

Todo está dispuesto para que esta tarde se inaugure el torneo de FIFA conocido como "El Mesías", en honor al período de Semana Santa en el que se celebra. Los afortunados, seleccionados para jugar el campeonato, son Feax, Charli y Villasuso. Cada uno de los contrincantes se enfrentará, en una primera ronda, en un paquete de diez partidos contra los otros. Los dos jugadores que obtengan las mejores estadísticas en estos partidos tendrán la oportunidad de enfrentarse en la gran final: 5 partidos. Y que gane el mejor.

Suerte a todos, pero en especial a Feax y a Charli que buena falta les va a hacer.

 

 

Villasuso '06

CONTINUACIÓN DEL RELATO

Para continuar lo antes posible con el relato hemos decidido que el orden de intervención en las historias sea el siguiente: Fari, Charlis, Nacional y Feás. Las razones de que el Fary sea el primero y no se respete el orden original es que creemos que le puede servir de fuente de inspiración el período vacacional (y pajillero) por el que atraviesa. Así, si no hay nada que oponer (y en atención a la salud de la vista y la médula de Fary) el orden queda establecido. El resto de la pandilla (Canas-pajas rey-, manuel y doctor) pueden unirse al relato cuando quieran siempre que avisen con antelación en un comentario. Si hay algo que objetar concedemos un plazo de una semana para efectuar las alegaciones que crean convenientes desde la publicación de este escrito.

 

 

 

                                                    

 

                                                    Fdo: El Consejo Redactor.

Crisis en sieteletras

 

En los últimos días han ocurrido una serie de cosas en la página que creemos que no son del beneficio ni del interés de nadie. Pero la polémica ha llegado a su punto límite con el borrado de todos los comentarios y noticias de sieteletras de 2007 y parte de 2006.

 

Acut, Jamon y yo hemos hablado sobre lo ocurrido y aparentemente hay tres posibilidades:

 

 

-Los administradores de blogdiario, guiados por la censura en la página, han decidido borrarlo todo por su exageración.

 

-Que un wilson haya entrado en la página por algún descuido de alguien (la contraseña haya quedado grabada en algún ciber)

 

-Que Feas haya decidido, después de la confrontación de los vídeos y demás asuntos, borrar todo para ahorrarse problemas.

 

 

Bien. La segunda teoría es la menos probable. És casi imposible que alguien se haya dejado la contraseña escrita. Y, una vez que se la hubiera dejado escrita, es muy improbable que aunque alguien la hubiera visto, se hubiera dedicado de 14.00 a 16.30 a borrar comentarios en una página que no era de su incumbencia.

 

Tendremos la posibilidad de descartar o de probar la primera teoría en los próximos días porque nos estamos poniendo en contacto con la administración de blogdiario con la finalidad de que nos expliquen cuál es el protocolo que siguen cuando alguien crea una 'página no deseada'. Es decir, si lo que hacen es dar de baja la página o si borran las noticias/comentarios más exagerados. De todas formas, creemos que esta teoría es poco probable porque si quisieran censurar, se limitarían a borrar el artículo en cuestión o darían directamente de baja la página. Nos extraña que decidiesen borrar un año y medio de comentarios sin ningún criterio.

 

Por último, queda Feas, que es el principal sospechoso. En el contexto en el que ha ocurrido esto, parece difícil negar que haya sido´él después de varias intentonas de borrar noticias los días anteriores. De todos formas, nos gustaría que Feas explicase por qué su dirección aparecía en datos personales de la página. Creemos porque sería que, con un cambio de contraseña, le llegaría a él la información. Si tienes un justificante mejor, sería bueno que lo dijese porque hasta que no confiese (que tampoco iba a pasar nada) o tenga una buena coartada, no tendrás derecho a administrar la página. Hemos cambiado la contraseña y lo mantedremos hasta que lo digas. Otra base que te hace culpable es, oh casualidad, que nos han llegado al correo de sietecolgados los comentarios borrados pero NO las noticias. Nuestra hipótesis es que, antes de borrarlas, Feas hizo que llegaran a su correo para que no tuvieramos posibilidad de volver a recuperar los archivos y´más tarde volvió a cambiar para que llegasen a sietecolgados.

 

Feas:

 

Si fuiste tú, es bastante grave lo que has hecho, pero te podríamos devolver el acceso a la página si lo confesaras. En caso contrario, y si llegamos a descubrir que lo has hecho, lo que más nos jodería sería la falta de confianza y la falsedad con la que has elaborado el plan y no el hecho en sí.

 

Mi Universidad

Estas líneas las escribí hace unos dos años en una libreta. Se las dedico a los hijos de puta de mi facultad. Supongo que éntenderá especialmente bien mis sentimientos Mr Canvas.

Me encuentro incómodo, ansioso y desencajado. Mi Universidad es así, fría, altiva y esquiva. Te deja en un rincón.

A veces, entre clase y clase, me asomo a la ventana del pasillo. Se ve La Coruña. Rectángulos y cuadrados forman la ciudad. Toco la ventana, sus bordes, es de plástico blanco. El día se ve lluvioso, como casi siempre. Llueve. La hierba está mojada; está muy verde, con un verde casi artificial. Hierba verde y bloques de hormigón, gris blanquecino, también mojados. Doy la vuelta. La gente se agolpa en el pasillo. Muchos hablan, algunos fuman. Todos se agrupan en círculos imperfectos. No son grupos permanentes, son cambiantes, observo el trasiego que se produce entre ellos. La gente va de uno a otro. Se ven y se sonríen, te miran; otros. Empiezo a caminar entre ellos. Voy sin rumbo y se nota. Doy pasos en falso. Camino ausente. No encajó en la situación. Vuelvo a la ventana, me alivia. Aquí estoy más seguro. Los sigo observando.

Se me hacen largos esos diez minutos. ¿Por qué sonreirán tanto? Yo hablo con ellos, sólo con algunos. Pero me tengo que ir pronto, me echan sus miradas, sus actitudes, me apartan de la conversación, primero sonríen y hacen un comentario amable, luego, nada. Me echan. Será porque no me río. Ellos sonríen sin parar, yo no sé.

Aquí no haces nuevos amigos, aquí no hay amigos nuevos. Sólo hay compañeros. Algunos me caen bien, otros no. Otros me caen mal. Otros me caen mal. No son compañeros, hablan poco, apenas te hablan, te miran mal y se vuelven con los suyos.

Aquí en la ventana uno está seguro. Me alivia. Miró el reloj, ya es la hora. Entro en clase el último, ya tranquilo. 

                                                   PETAR 

 

CAPITULO III. EL CUCO

Mientras afuera la lluvia caía, incesante; más por rutina que por deseo del taxista, decidimos entrar en aquél apartado bar. Lo hicimos en fila india, como colegiales. A medida que avanzaba, sólo podía intuir que el recibidor era un pasillo largo y estrecho iluminado por bombillas azules y rojas, lo que me llevó a comprender que aquello era, dispensando, una casa de prostitución. Como es de suponer los ojos no ven mucho más allá cuando se camina detrás de un culturista.

Una vez que llegamos a la amplia estancia que formaba un concurrido bar, nos distribuimos anárquicamente entre los vetustos taburetes que quedan libres. Ya sentados, pedimos unas cervezas; que es a lo que alcanzan las economías modestas en los lupanares. Sin duda no era aquél el clásico bar de carretera, por la clientela era más bien un local de alterne pueblerino, donde se juntan los más variopintos elementos: mancebos quinceañeros sonrojados por la presencia de las mujeres, viejos verdes de ojos claros y media sonrisa, lobos de mar y campesinos embrutecidos, farmacéuticos solteros y un largo etcétera que se correspondía con los estratos sociales del lugar, porque, el fornicio, igual que la bebida, une al rico y al pobre.

 

El triste estado en que nos encontrábamos no podía pasar desapercibido. No era de extrañar pues, que las mujeres de la vida, aun acostumbradas a viejos babosos, no distinguieran entre nosotros atractivo alguno. El taxista bebía cerveza con avidez, sorbos pequeños pero repetidos que acompañaba de un gesto labial indescriptible, estaba sereno pero su fría mirada delataba una cierta locura. El periodista tenía los ojos muy brillantes, negros, con las pupilas dilatadísimas, la cara del color de la cera y una camisa blanca ajustada con lamparones castaños del vómito. El culturista simplemente intenta dormir sentado en su taburete, acomodándose como si fuera un auténtico lecho. Mi estado, no sería mucho mejor, con dificultad pretendía estarme quieto en mi asiento, pero el alcohol me provocaba un cómico vaivén.

 

El estómago se me empezó a revolver. No era sólo por la bebida, todo contribuía: gordas prostitutas sudamericanas con la piel del color del estiércol, brillante de sudor, viejos borrachos que olían a vino y a cuadra, mosquitos que revoloteaban alrededor de los puntos de luz; una puta morena le decía a otra con acento portugués:

 

- Hoxe dóeme o sexo.

 

Tuve que hacer notables esfuerzos para no vomitarlo todo en cuanto vi a la camarera del ojo de cristal. Además de los dientes negros tenía un escote prolongado lleno de granos y supuración.

 

- ¿Por qué no subimos? ¿os llega el dinero? –el periodista soltó esto repentinamente, con una euforia espontánea y desbordada víctima de la calentura. Desde que su novia lo había dejado la botella y la mujer de pago era su mejor compañía. Llevaba ya varios años cubriendo noticias deportivas en un periódico regional de escasa tirada.

 

- Sube tú si quieres que yo estoy cansado –el culturista había despertado. Su musculatura, obra de un meticuloso y ambicioso plan de entrenamiento, era a lo que en aquellos momentos de su existencia se aferraba, su meta y su vida, su medio de olvido tras su oscura historia en unos trabajos de ingeniería.

 

- A esta hora es mejor no subir, porque ya lo habrá hecho medio pueblo. Si quieres coger complejo de polla estrecha en chumino holgado es tu problema –el taxista dijo tal tontería con una seriedad absurda, como si estuviera enunciando una fórmula matemática. Sin duda un antiguo químico aficionado a la informática que trabajaba conduciendo un viejo taxi no era alguien al que la vida le sonriese más que a nosotros. Nadie le rió el chiste.

 

- Vámonos ya –me encontraba algo impaciente. Recordar el frustrado destino de mis amigos no hacía sino recordarme el mío propio. Yo era otro fracasado más. Jamás había ganado un caso importante, los despachos me echaban por desmotivación y a día de hoy apuraba el último mes de paro.

 

Todos, resignados, comprendimos que allí no hacíamos nada y salimos en fila india por el estrecho pasillo, hacía el aire fresco, hacia la desagradable y oscura noche lluviosa.

 

Afuera, el viejo Golf nos esperaba, pero antes de entrar observé un grupo de jóvenes que vacilaba a la hora de entrar en el club. Nerviosos y eufóricos, embriagados, agarrándose los unos a los otros, con los pantalones bajados y saltando en perfecto círculo, formaron el corro de la patata; y yo, antes de que el Golf arrancase hacia el Coto, no pude dejar de dedicarles una sonrisa de complicidad y añoranza.

 

                                                                                                    PETAR

 

Ortigueira. Capítulo 8

El grupo avanzaba caminando lentamente. Poco nos quedaba para alcanzar el casco urbano de Ortigueira, casas con sus paredes desconchadas se entremezclaban con nuevas construcciones de vivos colores, ambas casi siempre deshabitadas. La mañana había sido despejada, el sol se posaba ya alto en el horizonte mientras se aproximaba el mediodía. Al mismo tiempo, podíamos observar el ir y venir de los primeros coches en dirección al trabajo, amas de casa que iban a hacer la compra o jóvenes marchando hacia el colegio. Todos desviaban su atención hacia nosotros al comprobar nuestro estado lamentable: sucios de tierra y hierba por la caída, lamparones resecos de vómito en la ropa del periodista y mis pantalones rasgados por el intento de atrapar la bicicleta allí arriba en el coto eran acompañados por nuestro gesto desencajado del cansancio y el dolor de las contusiones. Muchos desviaban también su rumbo para no toparse en nuestro camino, ya que tampoco desprendíamos un olor agradable.

            Yo me encontraba vagando el la última posición del grupo, pensativo, silencioso, tratando de borrar el rencor de mi mente tras aquella afrenta por parte de mis compañeros, que no mostraban un ápice de respeto hacia mi persona, algo natural, pues mi aspecto débil e incluso patético en ocasiones no ayudaba a mejorar esa impresión de mí. Miraba la dichosa caja que aún conservaba en mis manos, en su interior, donde ya no estaba la bolsa de fariña, ahora en propiedad de aquel apestoso yonki, todavía contenía la ayahuasca y la misteriosa carta enviada por mi viejo conocido, El Francés.

            A pesar de que teníamos una pista, no variamos  nuestro rumbo original. Acordamos ir en un primer momento hasta Ortigueira, pues el periodista debía ante todo llegar a Santiago mañana por la mañana, y el único modo era coger el próximo y último bus que saldría sobre las cuatro de aquella estación, información que le facilité gracias a que allí se situaba también la parada de taxis, donde trabajaba, al menos hasta esa noche.

            No era la solidaridad lo que nos empujaba a acompañar al periodista, sino más bien la inseguridad y la desconfianza ante aquella revelación del yonki: ¿Iba a ser tan fácil localizar al Francés? Lo dudo. Además, la carta enviada por el Francés parecía reciente, y no era lógico que se encontrara en España, y mucho menos aquí a nuestro lado, en Senra. El yonki sería un cebo, aquel lugar no podía ser su residencia habitual, un centro de recogida de basuras, aparte del gracioso símil, no era el sitio más apropiado para ir mendigando dinero o droga. Seguramente lo habrían dejado allí, con unas específicas instrucciones. El ladrón del coche, por ejemplo.

            Paramos en un bar en la carretera principal del pueblo. El dueño, un señor ya algo mayor, de aspecto cansado, nos dio un repaso visual a la entrada, no era para menos. Me pedí un café, pero mis compañeros, al parecer desconocedores de mejores remedios para la resaca, se pidieron unas cañas. El periodista se abalanzó sobre la máquina de tabaco y empezó a buscar desesperadamente unas monedas en los carcomidos bolsillos de su pantalón, lleno de restos de tierra mojada y de mierda, mientras el culturista, recordando su reciente falta de hidratos, rectificó y cambió su pedido por una caña de chocolate, lo que provocó que el camarero soltara un gruñido antes de dirigirse hacia la barra.

            Comenzamos a discutir sentados en una mesa sobre lo próximo a hacer. El periodista, que había vuelto de la máquina, con un Lucky Strike encendido entre los labios y una sonrisa en la cara, nos recordó que, decidiéramos lo que decidiéramos, el se marcharía hoy en el bus hacia Santiago. Nadie le replicó, la menos él conservaba un empleo y se estaba esforzando por mantenerlo.

            El abogado, con el tono serio que le caracterizaba, anunció su plan a modo de sentencia judicial: “Considero que la pista facilitada por el yonki, a pesar de la posible y muy probable opción de que sea una trampa es, al menos, un buen punto para comenzar la búsqueda. No sé lo que nos encontraremos allí, pero, bueno o malo, seguramente nos dará más respuestas”. Apoyé la postura del abogado de ir a Senra a casa del Francés, después de todo, estaban metidos en esto en parte por mi culpa. Mis acompañantes comenzaron a discutir sobre el siguiente paso a dar, no todos estaban de acuerdo con el abogado, menos yo, que no acostumbraba a intervenir demasiado en las conversaciones y el periodista, que se mantenía callado dándole largas caladas a su cigarrillo chupando el filtro repetidas veces como si fuera un auténtico chupa-chups. Regresé a mis pensamientos con el murmullo de fondo, y de repente, me di cuenta de una cosa: La carta iba dirigida a mi, pero en ella El Francés mencionaba a mis acompañantes, lo cual era imposible pues los había recogido en el taxi esa misma noche y la carta tenía que tener al menos un par de días de antigüedad. Advertí de ello a los demás y se hizo un silencio: Había conseguido que me prestaran atención por primera vez en toda la noche. En ese instante el director de disponía a hablar cuando llegó el camarero con las cañas de cerveza e inexplicablemente, otras tantas de chocolate. Quisimos hacerle comprender su error pero el camarero, que no atendía a razones, se puso como una fiera y nos echó del local.

-Tranquilo jefe –Dijo el culturista. Al menos yo me había tomado un café gratis.

            Como ya pasaban de las doce, decidimos separarnos para dirigirnos a Senra. El director y el periodista se fueron hacia la estación, comerían allí algo antes de marcharse a Santiago. El periodista no quería marcharse solo pues era evidente que El Francés conocía nuestros pasos, y habría sido un blanco fácil.

            El abogado, el culturista y yo nos dirigimos, caminando como no, hacía Senra. El culturista tuvo la idea de comer nos bocadillos en un supermercado a las afueras del pueblo: -A fame é negra –Nos recordó.

            Poco antes de entrar al supermercado, volví la mirada hacia el aparcamiento del mismo, y, casualidades de la vida, reconocí el vehículo allí estacionado: El puto Golf, al parecer en buen estado.

            No sin vacilar nos acercamos al coche. Saqué las llaves que aún llevaba en el bolsillo y vi que la cerradura estaba forzada, aunque no rota.

-¡Ten cuidado coño, que puede haber una bomba! –Gritó el culturista.

-Bueno carallo, ti ves moitas películas –Le contestó el abogado.

Abrí el coche y examiné su interior para ver si faltaba algo. No faltaba nada, de hecho sobraba: sobre la guantera había una pistola y un móvil azul marino, bastante gastado, un Nokia con cámara de fotos, una antigualla. Recogí el móvil y la pistola, ésta estaba caliente, y no me di cuenta hasta más tarde que acababa de tocar un arma con la mano desnuda.

            Mientras seguía buscando, el abogado dijo notar un olor extraño dentro del coche.

-Huele a peje podrido, es como vivir en Cariño –Matizó.

Entonces me acordé que aún no había revisado el maletero. Salí del coche e introduje la llave en la cerradura del maletero. Lo abrí despacio, temeroso, pero decidido. aunque quizá no debiera de haberlo hecho. La bandeja, rota y desenganchada, impedía ver su interior, pero, joder, efectivamente el olor provenía del maletero. Aparté la bandeja.

-Cajo na cona da infanta Leonor –Escupió el culturista mientras se ponía a potar allí mismo.

            El yonki, el puto yonki en el maletero de mi coche, y en peor estado que la última vez que lo habíamos visto, de hecho estaba muerto. Un favor para él, supongo. Sus ojos estaban abiertos y salidos de sus órbitas, la boca semicerrada soltaba una baba espumosa que se unía al reguero de sangre oscura que brotaba de un boquete en el medio de su frente. Los tubos de su vientre estaban arrancados y de ellos salía una asquerosa mezcla de sangre, bilis y vísceras ennegrecidas.

            Me quedé tieso, frío, sin saber reaccionar. El abogado observó que aún poseía la bolsa de cocaína en su mano podrida, amarilla y sin uñas, agarrada y sin abrir todavía. Le costó, pero logró arrancársela de los dedos.

-No quiero que aparte de por homicidio nos acusen de tenencia de drogas, sin olvidar que la bolsa de fariña puede ser una pista.

            Dejé de mirar el cadáver del pobre yonki y me quedé con los ojos clavados en el móvil que acababa de encontrar en la guantera. Me resultaba familiar, ¿a quién se lo había visto?. El culturista sequía vomitando mientras murmuraba: -Estoy podrido-

            De pronto, el móvil empezó a sonar. Me sobresalté y casi se me cae de la mano. El culturista dejó de potar y se me quedó mirando, con un hilo de papilla que goteaba de su mentón.

            Tras unos segundos, contesté, me temblaba la voz, aparte del pulso. Al principio no escuché nada, después sólo una palabra, de una voz lejana, distorsionada, pero inquietantemente familiar:

-Bonjour...

           

                                                                       - Kímiko -

Una caja de sorpresas. Capítulo 5

Al salir al exterior no dábamos crédito a lo que nuestros ojos veían. El Golf se había esfumado como por arte de magia y nos hallábamos en mitad del monte sin más guarida que un polvoriento laboratorio donde antaño se fabricaban drogas. El químico, que se había quedado rezagado en el interior de la caseta, aparecía ahora en la puerta murmurando:

—Mi vieja linterna…

Entre las manos traía un utensilio que, al ser accionado, comenzó a emitir un débil rayo de luz que dirigió de forma mecánica hacia el lugar donde había desaparecido el coche. En ese momento me pareció ver un objeto extraño en el suelo. Hubiese achacado esta visión al cansancio acumulado de no ser porque justo en ese momento escuché al abogado gritar:

—¿Qué es eso?

Dirigimos simultáneamente nuestras miradas hacia la figura del ebrio hombre de leyes. Éste había juntado las yemas del dedo pulgar e índice de la mano derecha formando un círculo a través del cual miraba como si de un catalejo se tratase.

No cabía duda alguna: había un objeto sospechoso en el suelo. El método de visión del abogado era infalible. Nos acercamos mientras el alcohol que fluía por las venas de alguno de nosotros continuaba evaporándose paulatinamente.

—Pa Cristo yé. Una caja —acertó a decir el culturista.

Hicimos un corro alrededor del objeto y lo observamos. Efectivamente, la silueta de una caja precintada de unos quince por quince centímetros se presentaba ante nosotros.

—¡Me cago en la infanta Elena! —dijo el culturista al mismo tiempo que se abalanzaba sobre ella para abrirla.

—¡Un momento animal! –en ese instante el director de cine intercedió entre la caja y el culturista—. ¿No ves que puede tratarse de un artefacto explosivo?¿Estás loco o qué?

Hubo un pequeño silencio.

—Como si fuera una película. No te fode.

El abogado le hizo un gesto al químico para que recogiese la caja y la metiera en el laboratorio e intentar así averiguar si contenía algo peligroso en su interior.

De nuevo accedimos al laboratorio. Allí nos convertimos en espectadores de las pruebas que el químico realizó para analizar su contenido: le dio unos delicados golpes con un martillo, la pesó con una báscula, la sometió a un detector de metales y la revisó con un arcaico escáner. Después de unos minutos determinó que podíamos abrir sin peligro la caja.

Si en esos momentos hubiésemos podido prever todos los hechos concatenados y las consecuencias posteriores que se derivarían de la apertura de la caja, habríamos declinado por completo la oferta de abrirla. Pero como el corazón de los hombres se mueve más por la curiosidad que por el raciocinio en los momentos de tensión, no dudamos ni una milésima en agarrar un cúter y desembarazarnos del embalaje que la cubría.

Descubrimos que disponía de tres compartimentos. Decidí adelantarme y extraje con sumo cuidado la bolsita que se agazapaba en el primero de ellos. La abrí y esparcí su contenido en una mesa.

—Droga vieja —sentenció con gesto serio el abogado.

Era cocaína. ¿Se trataba de una broma? ¿Quién coño nos mangaba el coche y nos regalaba a cambio unos gramos de droga?

El director accedió al segundo compartimento. Esta vez se trataba de unos hierbajos y se preguntó:

—¿Qué cojones es esto?

El químico la olfateó y concluyó que se trataba de ayahuasca:

—Es una especie de liana que crece en las selvas amazónicas y que, al hervir, sus hojas producen un líquido de sabor amargo y alucinógeno —mientras hablaba gesticulaba con las manos y sus pupilas se iban dilatando más y más.

A pesar de que aún quedaba un compartimento por desvelar, empezamos a imaginarnos que alguien nos había gastado una broma. Además de robarnos el coche. Claro.

Volvimos a poner los pies en la tierra y nos percatamos de que no teníamos ningún medio de transporte con el que volver a la civilización.

—Eso no es un impedimento. En la parte de atrás del laboratorio tengo unas cuantas motos más que los colombianos empleaban para venir a trabajar. Y si estas fallan aún conservo mi vieja bici gris con suspensión delantera, que me había costado ocho mil de las antiguas pesetas. No frena muy bien, nunca lo hizo, así que será arriesgado descender con ella por la pista del Coto.

—Vamos a por la tercera parte de la caja —comenté impaciente—…y esperemos que no se trate de más droga.

—Que Cristo nos ayude —espetó el culturista.

Tras pronunciar esto, extendió la mano hacia el último compartimento que quedaba por indagar para  obtener de él un sobre lacrado.

—Espera —el químico se acercó y estudió el sobre con una enorme lupa fabricada, según me contaría más tarde, con una gruesa lente de sus anteriores gafas—…Este lacre está compuesto por goma laca y trementina con añadidura de bermellón. Es posible que tenga su origen en algún país de habla francesa. Francia o Suíza…

Con la calma que nos estábamos tomando para la investigación ya había empezado a amanecer en El Coto. El frío cada vez era más acusado.

El culturista rajó el sobre y sacó una carta de él. El papel estaba ornamentado con los colores de la bandera de España y el escudo monárquico. Todos nos imaginábamos que el químico se había confundido al determinar la procedencia francesa del paquete. ¿Por qué demonios iba a querer un francés adornar sus cartas con la bandera de España?

Sentí cómo el abogado se emocionaba al ver los colores de la bandera y se vio en la necesidad de encender el último cigarrillo Chester que quedaba en su cajetilla. El abogado era un hombre con fuerza de voluntad: sólo fumaba cuando estaba borracho. Fue él quien tomó la iniciativa de leer la carta en voz alta.

Apenas había pronunciado un par de palabras cuando mi teléfono móvil empezó a sonar. Descolgué y hablé durante un par de minutos. Al volver a meter el móvil en el bolsillo, todos me miraban exigiendo una explicación:

—Mierda —dije—. ¿Qué día es hoy?

—Viernes.

—Joder, el sábado por la mañana juega el Lobelle en Santiago y tengo que ir a cubrir el partido para el periódico.

A pesar de las circunstancias en las que nos hallábamos, debía convencer a los demás para ir a Santiago pues mi puesto de trabajo peligraba. Sería difícil, por no decir imposible, encontrar otro. Aun así, decidí reservar el tema para más adelante y presté atención a la lectura del abogado.

En síntesis, el hombre que escribía la carta acusaba al químico de no haber cumplido con su parte en un negocio de venta de drogas. Le exigía que en un plazo de diez días debiera aparecer en París para realizar la última entrega del trato acordado. De no ser así, la vida del químico y de sus amigos pendería de un hilo que él mismo se encargaría de cortar. En cuanto al estilo, la estructura de las frases reunía ciertos parecidos con la sintaxis francesa y, además, la carta iba firmada por un tal “El Francés”. El químico no se había equivocado con el origen del lacre.

Nadie supo qué decir. El primero en reaccionar fue el culturista:

—Cómo se las gasta el francés.

 

 

                                                                                                    Villasuso '06

Siete letras echa a andar

É o intre do crepúsculo.
Agora é cando morre a lus e os perfiles das cousas deixan de ser concretos.

Inauguramos, por fin, esta bitácora donde principalmente daremos rienda suelta a la creación literaria, y donde también escribiremos toda clase de comentarios relativos a las esmorgas nocturnas, a ideas surrealistas y, en definitiva, a todos esos asuntos que a causa de su extraña naturaleza no conviene publicar en weblogs personales.

Sin más preámbulo, y sin más interés por fijar unas normas éticas o unas bases que condicionen el funcionamiento de la bitácora, dejo a vuestra disposición este espacio para utilizarlo tal y como deseen, o como dicten los límites de la conciencia de cada uno.

Villasuso

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Publicación de las creaciones literarias y obras surrealistas de un grupo de siete amigos

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